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2 febbraio 2009

Una historia vieja de 40 años


HILDA

Los camiones del ejercito comenzaron a llegar a Lules y Bella Vista a la madrugada. Los habitantes se despertaron en la oscuridad fresca con un ronroneo de motores macabro. La sinfonìa de la invasiòn alcanzò el punto culminante cuando en la esquina de la plaza un tanque aplastò el ùltimo perro pila, extinguiendo una raza de perro americano, feo y sin pelo, que habìa resistido por màs de quinientos años las maldiciones de los blancos.
Las òrdenes secas que se oian a travès de las ventanas entrecerradas hicieron que los empleados de los ingenios se vistieran ràpidamente para ver què sucedìa. Los ruidos trajeron hasta sus dormitorios penumbrosos la amenaza que se cernìa sobre la cabeza de quièn osara asomarla afuera. Asì, hablando en voz baja, movièndose cautelosamente en la oscuridad de su cobardìa, esperaban la resurrecciòn de un orden que se habìa desequilibrado. "No era posible", pensaban, "que los obreros se tomaran estas libertades".
En el '67, una lucha en la cùspide del poder, hizo que un dictador militar "nacionalizara" los ingenios azucareros. Un poco por los precios bajos del mercado, otro poco porque se esperaba --ya se estaba negociando—una indemnizaciòn jugosa, la oligarquìa local seguìa el juego y se mantenìa a la espectativa de los acontecimientos. La poblaciòn interna de los ingenios, como el tercero en discordia, vio que era la oportunidad esperada para romper el yugo de la explotaciòn que sufrìa desde hacìa tantos siglos.
Una madrugada, una sombra pasò por encima de una pirca baja. Se agachò apenas en el campito de arvejas que bordeaba el ingenio Nuñorco, asomò la cabeza en la oscuridad, avanzò dos o tres pasos y largò un silbido lloròn, de pàjaro macho malherido. Otras sombras, en estricto silencio, saltaron las piedras seculares. La Tierra estaba calladita y habìa dado orden a las piedritas de ni moverse. La invasiòn al ingenio habìa comenzado. De Bella Vista, de Lules, de Nuñorco llegaban las familias. Con sus cacharros brillantes, con banderas multicolores al viento fresco de la mañana, izadas en ramas altas y flexibles. Las mujeres, con sus culos redondos, envolvìan en su cuerpo a las guaguas que dormìan con un ojo abierto, sabedoras que participaban de una resistencia que se continuaba en los siglos.
Durò apenas siete dìas la ocupaciòn. Se trabajò con horario y turnos fijos: los hombres defendiendo con palas y machetes las picadas entre el cañaveral, arreando brazadas de caña dulce al galpòn del trapiche. Las carpas de lonas agujereadas hormigueaban de ollas de mate cocido y locros picantes que daban calor al cuerpo y fuerza a las conciencias. A la hora del crepùsculo, casi igual a lo que los pueblos hacìan desde mil años atràs, casi sin quererlo, como algo que pertenece a lo màs ìntimo del ser, los ojos giraban hasta consagrarse en el sol, ese disco naranja brillante que descendìa detràs de las cumbres del Aconquija. Para ganar confianza y sentirse hombres de nuevo, mancomunados en una dignidad que creìan haber perdido hace siglos.
Noguès hijo era hombre de negocios y buscador de riquezas. Su pròstata cancerosa no lo dejaba tranquilo en las noches. El fantasma de su padre, desde las alturas de un retrato a tamaño natural, le echaba en cara su debilidad para mantener el orden y la disciplina en los lìmites de su propiedad.
Muchos años atràs, Noguès padre habìa importado desde Buenos Aires un mastìn negro y enorme que mantenìa oculto y medio hambriento. En su casa de mil habitaciones se escuchaban, de noche, ruidos y lamentos que parecìan venir desde otros mundos. Los ecos de los cerros no muy lejanos daban una reverberancia lùgubre a esos rumores apagados y los peones empezaron a transmitir de boca en boca, la leyenda de que el viejo Noguès tenìa un pacto con el Diablo y se transformaba en un perrazo negro que mataba a dentelladas a quien le era enemigo.
En la època de las revueltas populares del '30, los primeros cadàveres destrozados dieron veracidad a la historia y el viejo aprovechò para limpiar de sindicalistas y socialistas su feudo diciendo: "Tengo un familiar que se ocupa de los que quieren hacerme daño. Nadie podrà jamàs hacerme daño porque mi familiar sabe todo y destrozarà incluso a los que piensen mal". A partir de ese momento el perrazo fue dejado en libertad para que esparciera un terror atàvico entre la poblaciòn. Ya no hubo màs tranquilidad en las noches: se fabricaron de apuro puertas màs resistentes y creciò la presencia de crucecitas bendecidas sobre las cunas de los niños. Cada tanto, algùn peòn castigado era ofrecido como sacrificio y su cadàver mutilado y desfigurado aparecìa al amanecer en la plaza para ratificar que el poder no podìa ser discutido.
Un dìa, el perro amaneciò colgado de una rama, a la vista de todos. Degollado y desventrado, goteaba la ùltima sangre al sol naciente demostrando a los temerosos de que el Diablo tambièn puede morir. Y fue tambièn el fin del viejo Noguès: al mediodìa las llamas de su casa iluminaban el cañaveral y el humo oscurecìa el cielo. La familia fue respetada, pero del viejo no se encontraron ni los huesos. Una semana màs tarde, el ejèrcito entrò a sangre y fuego en los pueblitos sublevados: no quedaron màs que algunos viejos y niños para contar la masacre con recuerdos velados y confundidos.
Ahora, Noguès hijo, espantado por los recuerdos y viendo que la historia es una rueda que repite infinitamente los mismos giros; temblorosamente, bajo los ojos desafiantes de su padre en el retrato, a las doce de la noche hizo la primera llamada:
--Haceme el favor, Pelado. Una situaciòn como èsta vos sabès bien que va en contra de la Patria. Sì, el gobierno y yo somos la Patria. Son todos subversivos. Ahora quieren plata en vez de los vales y vienen con no sè què carajo de derechos sindicales y autogestiòn-- hizo un silencio, escuchando --Què superiores ni ocho cuartos. Què querès ? Un decreto? Te lo hago fabricar en cinco minutos. Dale, andà y arreglame el quilombo. Ya sabès que conmigo no hay problemas. Una mano lava la otra, no ?

Hilda Guerrero, chola grande y corajuda, habìa sabido leer. Y en unos papelitos que se encontrò en la ruta principal que va de Tucumàn a Catamarca, comprendiò palabras como sindicato, lucha contra el patròn explotador, salario y desproporcional riqueza. La foto de Evita siempre estuvo pegada en una alacena en su rancho de adobe, con una florcita debajo. Ella decìa que habìa sabido leer y escribir gracias a ella, que le habìa mandado maestros a ese caserio perdido en las montanas. Y se largò a hablar, y ya no la pudieron parar. Con un papelito explicaba què era eso del capitalismo.
--Ven esta hoja de papel ? Bueno, esto representa tooodita la producciòn del ingenio. Segùn el patròn, estos son los costos de maquinaria-- y cortaba un pedacito chiquito --Esto son los costos de la mano de obra, o sea nosotros—y cortaba otro pedacito chiquito-- y esto son los sueldos de los tècnicos y cortaba otro pedacito, apoyàndolos suavemente en el piso de tierra apisonada –Esto otro son los costos financieros, que segùn èl se lo comen vivo-- y cortaba un trozo màs o menos grandecito --Y esto son los costos de venta y distribuciòn del azùcar, màs el transporte a la ciudad-- y cortò el ùltimo pedazo de la hoja.
Mostrando en alto el trozo que quedaba, gritaba:
--Ven esto, lo ven ? Es màs de la mitad de la hoja conque empezamos. Esta es la ganancia que se mete en el bolsillo el muy hijo de puta. Y quièn mueve las màquinas y quièn corta las cañas y quièn deja las manos dentro de los rodillos de los trapiches y quiènes son los boludos que tienen que gastar su sueldo en los almacenes de èl ? Nosotros. Este pedacito chiquito que se ve aqui somos nosotros. Mil trescientos veinte tipos somos ese pedacito chiquito. Y sin contar los niños y los viejos. Ahorita los militares han nacionalizado los ingenios. Quiere decir que son del pueblo. Los ingenios son nuestros. Los patrones no quieren que se trabaje para crear una falta de azùcar en el mercado y conseguir mejores condiciones para la indemnizaciòn. Los ingenios deben volver a trabajar porque de nosotros nadie habla. A nosotros nadie nos pregunta què queremos o còmo estamos. A nadie le importa si a nosotros nos pagan con vales y no sabemos què es el dinero. Debemos ocupar las tierras y hacerlas producir. Para demostrar que los patrones estàn de màs. Para demostrar que el azùcar puede ser màs barato de lo que lo estàn vendiendo. Para hacer valer nuestros derechos de pobladores y de trabajadores. Debemos ocupar los ingenios hoy mismo.

Hilda Guerrero corrìa entre las cañas, esquivando las balas. Su culo redondo y pesado, orgullo de su juventud, era ahora un peso imposible que le impedìa la fuga. Sus compañeros caìan a su lado como marionetas a las cuales se les habìa roto el hilo que coordinaba sus movimientos. Que ridìculas las posiciones de la muerte ! A Juan Candòn se le partiò la cara y la mandibula cayò en un surco mostrando los dientes al Sol y èl siguiò corriendo con una boca enormemente abierta al espanto. A Hermenegildo Santillàn le silbò una bala bajito, casi un susurro cuando le penetrò el pulmòn. El viejo Tolentino siguiò su carrera de rengo con un brazo que se le alargaba dentro de la manga hasta caer fofo al suelo.
Ella continuaba a correr, sabiendo que ese mal sueño de anoche se estaba haciendo realidad. Maldecìa la hora en que, dejando de lado un presentimiento infausto, se puso la pollera colorada. Ahora era el blanco preciado de todos los fusiles del Quinto Regimiento de Infanterìa. Zum, silbaban a cada instante las avispas del infierno; zum, hacìan estallar las cañas; zum, volaban triunfantes las alas negras en el amanecer claro.
Al pasar la pirca que dividìa el cañaveral del campito de arvejas, la pollera colorada fue bandera al viento. Unos ojos grises, de oficialito porteño con aires de europeo bien nacido, apuntaron despacito, como sabiendo medir el tiempo que se tarda en revolear una pierna sobre siglos de piedras amontonadas. El Sol estaba naranjeàndose de nuevo en medio del retumbòn del disparo y las nubes quedaron suspendidas navegando en contra del viento. Hilda Guerrero abriò los brazos y cayò abrazada a las matas de vainas finitas.
Viò el còndor allà en lo alto y sintiò el volar de la mosca azul. Quiso en el ùltimo instante, como cuando era niña, imitar la sonrisa dulce de Evita. Pero se le quedò a mitad de camino, en una mueca donde la boca sonreìa y los ojos se abrìan asombrados a la eternidad.

Los caminos y senderos de Tucumàn estàn llenos de cruces de palo con florcitas de papel marchito. Los patrones de siempre lograron imponer sus condiciones en las tratativas con el gobierno militar. No faltaron las cuñadas, ni los primos, ni los amigos comunes que mediaran en la rencilla. Al fin y al cabo, todos ellos se sentaban en la misma mesa para las fiestas familiares. Los patrones lograron una indemnizaciòn por la falta de ganancia mientras durò el tira y afloja; la devoluciòn de la totalidad de las propiedades; tasas de interès preferencial para remodernizar las plantas productivas; el resarcimiento total de los daños que habìa ocasionado el intervento del ejèrcito y la instauraciòn de la Ley Marcial en todo el territorio para contrarrestar alguna otra posible sublevaciòn.

En los ingenios quedò otra màquina incorporada al plantel de producciòn: con un simple cable se la puede enchufar a la red elèctrica y con un potenciòmetro se puede regular la cantidad de voltaje a aplicar a los que todavìa se empecinan en cuestionar el orden constituido. Noguès estaba contento, se sentìa libre del pesado vìnculo que lo habìa atado a su padre toda la vida: ahora, la tecnologìa moderna de los militares deshacìa la leyenda que su padre habìa creado con el Familiar.

24 novembre 2008

El domador de pulgas


EL DOMADOR DE PULGAS
La mujer barbuda, la sirena de cola de plàstico, el forzudo que rompe cadenas con los dientes, son ya razas extinguidas por efecto de la contaminaciòn televisiva. Sòlo queda, como ùltimo de esa dinastìa desfortunada, el domador de pulgas.
Con un arte que le viene transmitido oralmente a travès de los siglos, debe cortar y coser los trajecitos que sus artistas endosaràn el dìa del estreno. Con pincitas diminutas tomarà los microscòpicos trocitos de tela multicolor y los unirà usando un pelo de recièn nacido como aguja. Pantaloncitos de cuero de hormiga para el pulgòn que deberà recitar la parte del tirolès; pollerita colorada y poncho de lana azul para la pulga que harà de coya boliviana; una bikini de lentejuelas, cavada y con escote provocativo, para la que bailarà la batucada brasileña; armarà asì el guardarropas completo de la troupe que serà guardada, con alcanfor y lavanda, en una cajita de fòsforos.
Con ojo experto seleccionarà entre miles de aspirantes llegadas desde los cuatro puntos cardinales a las afortunadas finalistas. "Esta no va porque es chueca; aquella, un poco bizca; ésta de màs acà, viene de un perro de bajos fondos y no me garantiza una cierta disciplina que deberemos mantener en los viajes que siempre resultan un poco promiscuos; y aquella otra, la sexta de la derecha, no sabe bailar y se ve a la legua que empina el codo". Al final de la exahustiva prueba, cinco pulgas de gallinero y un pulgòn de algarrobo macho, firman el contrato para efectuar la tournèe por los pueblitos del interior de la provincia.

El trapecio de hilo de coser brilla como una estrella tornasol bajo el reflector azul; la cuerda floja, realizada con un cabello rubio y largo de la chica del quinto A, en su soledad lacònica, crea un suspenso denso en el cual se siente el peligro mortal a nivel de piel. El escenario, de blanco e inmaculado paño, se extiende en toda la dimensiòn de la mesita plegable ante los ojos expectantes del pùblico, viejos paisanos con sus crìos a cuestas, que revela su ansiedad e impaciencia con pataleos en el suelo de tablas. Son gentes simples, sin instrucciòn libraria y la vida ruda del campo no ha pulido, sin duda, sus modales: si algo no les gusta, lo dicen o lo gritan sin rodeos y sin retacear chiflidos y risotadas estentoreas. Las multitudes que se agolpan frente a la mesita van a ver, principalmente, còmo el domador las viste, còmo les pone el pantaloncito, la camisetita a rayas y todo eso. Y el pùblico se rie, no de la figura ridìcula de la pulga disfrazada, sino de su imagen porque la reconoce como propia. La gente se ve reflejada como en un espejo en esa pulga que hace cabriolas microscòpicas bajo una lamparita de kerosèn.

El primer acto, de cinco nùmeros consecutivos, no obtiene los aplausos esperados y a mitad del segundo, con la apariciòn en el balconcito de cartòn pintado de la pulga en el rol de Julieta, la rechifla generalizada obliga al domador a devolver el valor de las entradas, hecho que compromete desesperadamente la cena de esta noche y la continuidad del viaje.
Las pulgas y el pulgòn, faltos de experiencia para afrontar estoicamente estos hechos y avergonzados por el fracaso, aprovechan el primer perro que pasa y se van con los disfraces puestos. Ahora, el domador de pulgas, pobre ser desahuciado en este mundo de verdades apocalìpticas y certezas tecnològicas, en la miseria total y extrema, sucio y desarrapado, continùa buscando a travès de todos los pueblos de provincia sus artistas en fuga. Ajeno a todas las burlas escarba en los àngulos olvidados de los graneros, debajo de los colchones malolientes de los hoteluchos baratos, entre las crines duras de los perros flacos. Solamente responde enojado con un: "A mucha honra !" cuando siente a sus espaldas que alguien lo insulta llamàndolo "pulguiento".

29 ottobre 2008

Una máscara para asustar


El Neardenthal estaba en la orilla del rìo tratando de pescar con una vara puntiaguda. A cada golpe se alzaba un copo de espuma blanca, pero el pez escapaba entre las piedras del fondo, dibujando un arcoiris fugaz. Ese hombre enorme, de cabeza cònica y grandes ojos asombrados no se veìa muy preocupado por su falta de destreza, por el contrario parecìa divertirse viendo las carreras acuàticas u observando los cìrculos de agua que se agrandaban deformando los reflejos de la vegetaciòn cercana.
El Neardenthal antes de ir a pescar se lavaba el cuerpo con hierbas perfumadas y defecaba para purificarse por dentro y por fuera. Luego de haber jugado con el elemento maravilloso, agradecìa al rìo que le habìa dado de comer, pedìa tambièn perdòn al pez por su hambre y se excusaba por la ignorancia de no haber encontrado otro modo de calmarla.
Desde hace tiempo se pregunta tambièn, si es tan fàcil, por què ese pequeño dios blanco, el Cromagnon que trae esa màscara horrorosa y canta obscenidades con voz gutural, no puede pescar. Està cansado, segùn dice el Cromagnon, por todo el trabajo que le diò el crear la tierra, el agua, los animales y las plantas. Ahora dice tambièn con palabras solemnes que ellos, los Neardenthal, seres deformes e ignorantes, son apenas un experimento mal logrado y que, para recibir la luz de su verdad y evitar el castigo divino, tienen la obligaciòn de servirlo. Aunque no le creyeron del todo sus historias, la màscara, como un instrumento sobrenatural, aterrorizaba. Màs por temor que por fe, le obedecieron.
En Ecuador, el niño indìgena ve reflejada en la superficie lustrosa del coche su rostro de color de la tierra. Ahora que lo ha lavado y limpiado y perfumado, debe ir a acarrear plantas para las macetas del jardìn. Y luego a ayudar en la cocina, a trajinar entre espumaderas y ollas. Queda encantado con los brillitos de la licuadora y ese calor parejito que sale del horno a gas recièn abierto. Siente cascabeles en el corazòn cuando llama el telèfono y se asombra siempre ante la maravilla de que los blancos puedan conversar con otro a tanta distancia y sin verle los ojos. La radio y la televisiòn todavìa lo asustan. Estas cosas, en su casa de la sierra no existen y sus padres, cuando lo entregaron al servicio del patròn, no le contaron nunca sobre las maravillas que habìan inventado los blancos.
Una vez espiò al patròn cuando se afeitaba. Viò como se ponìa espuma y su cara se transformò en una màscara blanca; cuando se pasò por las mejillas una maquinita apareciò un rostro de piel pàlida y muy estirada. El niño, a travès del perfume, creyò ver un dios en el momento de su nacimiento.
Otro dìa, con la vista baja, osò preguntarle al patròn si èl, un pobre niño indìgena, alguna vez podrìa poseer todas esas cosas maravillosas. El hombre, desde su altura, con voz solemne, le respondiò que si trabajaba mucho, si ahorraba lo suficiente, si serìa honrado y obediente, si no tendrìa malos pensamientos, si respetarìa siempre la ley y serìa temeroso de dios, si fuera bien educado... entonces sì, quizàs, tal vez algùn dìa. Los ojos de mirada dura contrastaban con esa sonrisa condescendiente, como una màscara divina a la cual habìa que creer y obedecer.

4 ottobre 2008

Ladrones


Ellos dicen que no son los ùnicos; que son visibles solamente porque ocupan el escalòn màs bajo de la categorìa. Como a los otros no les interesa tener mala prensa, ellos sirven ahora para asustar incautos.
Y yo les creo. Porque quien haya pasado por aquella hora fatìdica en que se prendiò la luz sobre la oscuridad del hueco de sus bolsas y haya sentido el sonido de aquella orden perentoria que los puso contra una pared, con las manos alzadas gesticulando vacìas una plegaria de perdòn, quedò para siempre con el alma herida de ridìculo y verguenza.
Quien haya vivido la experiencia abrumadora de ser descubierto en flagrante delito no puede ya mentir.
Dicen que no han tenido escuela y que en este mundo siempre hay otros que aprovechan mejor las oportunidades. Hay un cierto desdèn en su tono cuando se refieren a los estamentos màs altos del gremio: no respetan la soberbia de los aseguradores ni la arrogancia de los banqueros; desprecian a los especuladores y a los usureros por su insensibilidad.
Les veo las ropas con las cicatrices del tiempo, las herramientas toscas, y comprendo que dicen la verdad cuando cuentan, como disculpàndose, que atacando la propiedad ajena sòlo tratan de equilibrar la balanza.

Sus magros botines ùnicamente alcanzan para el cartòn de leche, algùn pan y el pasaje del colectivo; por lo tanto, un poco por principio y otro poco por falta de recursos, no compran jamàs un arma. Van casi desnudos a su trabajo nocturno y muchas veces se ven vejados por patrones que, ellos sì armados hasta los dientes, los insultan, los humillan y los corren a patadas, dejàndoles marcas inolvidables en el cuerpo y en el ànimo.
Tienen la voz grave y la resignaciòn caracterìstica de los perdedores perennes cuando rechazan con ademanes dignos el argumento de un sistema social injusto: no se escudan en remilgos y se hacen cargo de sus responsabilidades de garfio y ganzùa. Reivindican un orgullo de clase ya pasado de moda y aceptan estoicamente su destino de especie en extinciòn.

Sin embargo, evocando un tango famoso, repiten con un dejo de tristeza la larga lista de pruebas sobre la carencia de reglas que reina hoy dìa en el oficio y que le han hecho perder la diversiòn. Desean una distribuciòn equitativa de las riquezas que se asemeja mucho a una utopìa.

Creen firmemente en el ser humano y lo imaginan con un hembriòn de justicia en su interior; y eso los diferencia de los demàs ladrones. Sòlo los mantiene vivos esa fe.
Tuvieron la prueba del milagro cuando encontraron aquel santo varòn que los esperò largas e insomnes noches para abrirles la ventana, servirles amablemente cognac y, entre arrepentido y aliviado, les dijo: “yo robé impunemente al amparo de las leyes; me siento podrido por dentro. Tomen, esto es para ustedes, para premiar su integridad y coherencia”. Y les entregó toda la fortuna que habìa amasado en su vida.

30 settembre 2008

La mongolfiera



Era un rito di antica data. La festa popolare festeggiava la primavera ma s’imponeva anche come un sentimento d’appartenenza, riscattando il senso di piccola società, rassicurando l’identità degli abitanti del paese. Nel centro della piazza, circondata dalla musica e degli odori di mandorle tostate, una mongolfiera arancione saliva e scendeva mostrando dall’alto le meraviglie del paesaggio a chi pagava le poche monete del corto viaggio. Sotto un tendone a righe bianche e rosse, si preparava la pista da ballo per la sera; mentre vicino alle imponenti griglie, una marea di gente lottava per ottenere un piatto di carne e patate. Qui, tutti si conoscevano da secoli e, nonostante i pettegolezzi, si sapeva bene chi era chi. Qui, una volta l’anno, le persone si mettevano in mostra e guardavano gli altri; esibivano come potevano le loro virtù e cercavano di nascondere inutilmente le proprie bassezze.

Un lungo sentiero portava ai prati vicini che, come un enorme e vasto palcoscenico, si alzavano sulle scogliere a sessanta metri sul mare blu. Qui venivano le famiglie e gli innamorati a fare picnic. La sagra restava dietro le basse colline ma i suoi profumi ed i suoi rumori attraversavano l’aria dando alla gente un punto di riferimento. La musica lontana di una vecchia fisarmonica, ovattata dalla brezza primaverile, formava parte della scenografia di quella domenica luminosa. Anche il cupo russare delle onde che si frantumavano fra le rocce laggiù contribuiva alla creazione di quell’atmosfera particolare. Tutti quei rumori, quelle risate, quelle urla di bambini che si rincorrevano, formavano paradossalmente un silenzio perfetto sotto quel cielo senza nuvole, di un azzurro trasparente, rotto appena da qualche gabbiano bianco che planava, giocando solitario, nelle correnti d’aria.

Accompagnando quest’armonia perfetta, i gruppetti si erano dispersi qua e là fra le ondulazioni del terreno, vicini alle tovaglie colorate, rosse, celesti, a quadri, dispiegate sull’erba verde smeraldo mettendo in bella mostra l’arte culinaria locale. Lontani dal burrone che cadeva a picco sul mare, alcuni giocavano a pallone muovendosi al rallentatore sotto il tiepido sole verticale. Altri, seduti o coricati per terra, chiacchieravano pigramente mentre mangiavano panini o bevevano lentamente il vino che portava loro il sapore della propria terra.

Repentinamente la musica, i rumori e le risate lontane cessarono; qualcosa era accaduto nella sagra. “Guardate, guardate!”, urlò un bambino nei prati, alzando il dito verso la collina. E tutti videro una cosa rotonda, enorme, di un arancione furioso, che si alzava lentamente verso il cielo come un sole. La mongolfiera, dal centro della festa, volava verso il mare. Dentro il cestone, un anziano ed un bambino facevano gesti disperati. “Si è sciolto l’ormeggio, si è sciolto l’ormeggio!”, gridava il vecchio con voce rauca, rotta dalla paura. Il bambino invece piangeva senza rumore e senza lacrime, con gli occhi spalancati ed il viso bianco. Dietro, la rincorrevano uomini e bambini urlando e tentando di afferrare due corde che pendevano dal cesto. Inciampavano nel terreno ondulato e non riuscivano proprio a prenderle. Era evidente che la mongolfiera prendeva la rotta verso l’oceano e che restava poco tempo –la scogliera era il limite preciso- per salvare gli sfortunati occupanti.

Due uomini si separarono dai gruppetti che sostavano nei prati, e cominciarono ad incitare i giovani ad unirsi alla caccia. “Andate, andate. Andate voi che siete giovani e numerosi. Prendete quelle corde!”. Gesticolavano, urlavano, a braccia aperte tentavano di organizzare il recupero. “Tutti insieme, tutti insieme! Che il vostro peso la farà arrestare!”. Nel centro del campo, quei due spingevano, chiamavano e organizzavano i movimenti. “Giovanni, vai di là! Veloce, veloce! Tu, Luigi, salta adesso! Adesso, ho detto! Vai ora!!!” I giovani saltando, correndo, a poco a poco, prendevano le funi e si arrampicavano per far posto agli altri. Ma non erano sufficienti, dovevano essere in più ad appendersi. Il loro peso, sebbene avesse rallentato la corsa verso il burrone, non la fermava del tutto e qualche volta una raffica traditrice spingeva verso l’alto la mongolfiera con tutta la sua carica umana. Qualche ondulazione del terreno, un piccolo monticello di terra, permetteva che qualcun altro raggiungesse una corda e si unisse allo sforzo comune.

Una decina di ragazzi appesi alle funi formava un grappolo umano che faceva inutilmente forza per far toccare terra a quel pallone immenso. La mongolfiera sembrò arrestare la sua marcia verso il nulla e a poco a poco, molto lentamente, cominciò a scendere. Mancavano appena una cinquantina di metri per arrivare al bordo della scogliera. Un padre, spaventato dal pericolo imminente, urlò a suo figlio: “Giorgio, molla! Molla, per Bacco! Che ti perdi!” E Giorgio mollò, trascinando nella caduta un altro compagno. Caddero rotolando per terra mentre la mongolfiera, dando uno strattone, salì per qualche metro. Le donne nascosero il viso nei petti degli uomini, le mamme e le fidanzate cominciarono a gesticolare e ad imprecare. Un altro ragazzo fece un calcolo veloce dell’altezza e della distanza che mancava e, senza pensarci troppo, aprì le mani e si lasciò cadere. Il vecchio dentro il cesto, disperatamente implorava: “Non mollate, non mollate! Venite tutti, per favore. Venite, venite! Venite tutti! In nome del bambino, venite!” Ma di tutti quelli che guardavano l’evento, nessuno fece un passo in avanti, nessuno fece un gesto. Pietrificati sui prati verdi, illuminati dal sole primaverile, guardavano lo spettacolo meraviglioso di quella sfera arancione sullo sfondo celeste, dove le persone coinvolte sembravano dei burattini che si muovevano come comparse di un teatrino di provincia, recitando qualche tragedia d’antica memoria.

Qualche metro più in là si apriva il punto di non ritorno. Qualcuno avrà calcolato l’inutilità dello sforzo, qualcuno avrà avuto paura, qualcuno non avrà avuto la forza necessaria nelle mani per resistere al proprio peso, perché uno ad uno cominciarono a mollare la presa saltando a terra. La mongolfiera diede un balzo e si alzò con una certa velocità. Soltanto un giovane restò aggrappato alla fune tentando di salire verso il canestro. Fu evidente che voleva arrivare lassù per dare una mano. Non mollava ed urlava imprecazioni contro quelli di sotto “Disgraziati! Vigliacchi! Avvertite la guardia costiera. Correte!” Guardava in alto e con voce tenera diceva al vecchio ed al bambino: “State tranquilli. Arrivo e sgonfieremo il pallone. Già verranno a salvarci. State tranquilli”. La mongolfiera attraversò il limite della scogliera e come se ricevesse nuova vita, si alzò parecchio facendosi piccola nel firmamento, ormai in un viaggio senza ritorno.

Dai prati nessuno si era mosso. Guardando in alto, seguivano le peripezie di quell’oggetto strano alla natura umana che vinceva la forza di gravità. Dopo qualche minuto videro che il ragazzo non ce la faceva a salire. Gli sforzi del vecchio per issarlo furono insufficienti ed era rimasto fermo a metà strada. Da terra lo vedevano come un puntino nero sopra l’orizzonte. “Non ce la farà mai” disse qualcuno. “Ma che scemo. Doveva mollare quando era ancora in tempo” disse un altro. Tutto il paese guardava aspettando la fine che si prevedeva vicina.

Ad un tratto, quel puntino nero cominciò a muoversi stranamente. Lo si vedeva come un moscerino che si dibatteva in una ragnatela. Per un attimo restò immobile nell’aria, poi cadde verticalmente e scomparve nel mare. Le persone restarono ancora qualche minuto a vedere la mongolfiera scomparire nell’infinito; qualcuno restò tentando d’intravedere vicino all’orizzonte la macchia arancione.

Nelle bancarelle della sagra, immersi in quella luce fantasma che costruiscono certi tramonti magici, tra un bicchiere ed un altro, coi volti cupi, non c’era persona che non parlasse dell’accaduto. La vecchia fisarmonica suonava quasi a malavoglia antichi brani usurati dal tempo. Nel centro della piazza si alzava ancora, come una sacra rovina, la piattaforma deserta della mongolfiera. Una ragazza, seduta a cavalcioni su una panca di legno, rimproverava un suo amico: “Perché hai mollato? Se tutti fossero stati uniti, il loro peso avrebbe arrestato la corsa del pallone. Forse si sarebbero salvati. In questo paese sono tutti dei codardi”. Il ragazzo era imbarazzato e discuteva facendo grandi gesti con le braccia: “Tu non sei stata lassù. Non puoi venire a dirmi questo. Ho visto il bordo così vicino che mi sono reso conto che non c’era niente da fare. Per questo ho mollato. Inoltre, se il gruppo non aiuta, non ha molto senso continuare. Non ti pare?”--rispose il ragazzo. Un terzo, un po’ in disparte dopo qualche minuto si allontanò da loro con evidente disgusto. Un uomo gli domandò cosa succedesse e lui rispose: “
Che ne so! E’ come impazzita. Ce l’ha con tutti noi. Dice che siamo rimasti solo a guardare. Mi ha dato del vigliacco. Era troppo pericoloso, no?. Si capiva subito che sarebbe stato uno sforzo inutile. Non sono mica scemo io. Vedi com’è andata a finire”.
Anch’io sono rimasto a guardare” --disse allora l’uomo. “Dai, vieni, son cose che succedono; non dare troppa importanza. Lei è una che giudica senza tener conto che tutti noi abbiamo dei limiti. E forse è vero che i nostri sono troppo stretti, chi lo può dire? Ognuno di noi sa quanto può tenere per sé e quanto può dare agli altri”. Dopo qualche secondo, con un sospiro, aggiunse: “Già le passerà; tra poco dimenticherà. Come tutti noi, del resto… E se non lo farà, resterà sola a difendere cause perse”.

Como reconocer un Neardenthal

En 1856 se encontrò en la localidad de Neardenthal --y de ahì le viene el nombre-- el fòsil de un craneo de hombre. Los alemanes lo rechazaron en cuanto lo vieron. Su frente aplanada que resbalaba hacia atràs, sus arcos superciliares que enmarcaban dos òrbitas enormes y su mandibula prominente lo hacìan parecer mucho màs a un gigante africano que a un distinguido y robusto salchichero. Cuando a este craneo, los estudiosos le pusieron artificiosamente una piel, ojos y unos labios carnosos, exigieron a gritos que le agregaran pelos largos para alejarlo aùn màs como posible antepasado. Los pelos que tal vez no tuvo nunca constituyeron para siempre la màscara con la cual presentaron al mundo actual lo que llamaron "nuestro primo lejano".

Demàs està decir que ninguno lo aceptò en familia y asì quedò, como un triste espantapàjaros que asusta a los colegiales desde una vitrina con su imagen de mono adomesticado.
Hoy, sus descendientes directos o sus mestizos, caminan los muelles hombreando cargas para los buques de banderas exòticas. O estàn a la sombra de algùn gran àrbol cuidando la majada de cabras en una llanura infinita. En las grandes ciudades, sus hijos abren las puertas de los taxis en las estaciones para ganarse las monedas de propina o se amontonan en talleres malolientes trabajando duramente una jornada por un plato de sopa de verduras.

Quien va al museo y ve esa caricactura no sabe que fue encontrado un esqueleto entero sentado en posiciòn de meditaciòn. Como si la muerte lo hubiera sorprendido en èxtasis. ¿Què mariposa lo envolviò en su maravilla multicolor para que ese hombre se olvidara de comer ? ¿Què alturas alcanzò con sus ensoñaciones? ¿Habrà intuìdo el rotar de la Tierra? ¿Què comunicaciòn tenìa con la abstracciòn màs absoluta ?

Tenìa los dedos cerrados delicadamente como si hubieran sostenido una flor. Y hoy, esas òrbitas vacìas y enormes, enmarcadas por los arcos superciliares espesos, nos miran con una profunda tristeza, como reprochàndonos de todo este tiempo desperdiciado y en el cual no hemos aprendido nada.

Otros restos fueron encontrados en un valle no muy lejano del primero. Los huesos estaban colocados en pilitas pulcras y ordenadas, como quien, despuès de haber comido, prolijamente acomoda las sobras en el plato. Presentaban las raspaduras tìpicas de dientes que habìan roìdo las carnes hasta la raiz. Dientes de otra especie habìan producido esas cicatrices casi iguales a las que presentan hoy los heridos leves en accidentes de trabajo.

Los paleontòlogos aseguran que el Neardenthal caminaba encorvado, con la cabeza casi sin cuello enterrada entre las espaldas robustas, la vista ocupada en identificar el sustento en los senderos que transitaba. Dicen que era recolector y que cazaba en pocas ocasiones, ocupando todo su tiempo en diferenciar lo comestible de lo desechable. Hoy, los estudiosos, cuando hacen una pausa para el cafè y miran el mundo a travès de los ventanales, creen reconocerlos en los que retornan a sus casas agobiados por un dìa duro de trabajo o en aquellos otros seres de mirada perdida que deambulan con las espaldas vencidas porque, buscàndolo no lo encontraron. Los cientìficos, ensimismados en la interpretaciòn de algùn rasgo identificable en esos huesos antiguos, no prestan atenciòn a sus descendientes que repiten el arcaico oficio de recolector especializado buceando dentro de los tachos de desperdicios que se acumulan en los patios traseros de los restaurantes.

Los hombres de ciencia prefieren ponerle un garrote en una mano para establecer un icono perfecto que calce en la escala de la evoluciòn. Hacia atràs se llega al mono; hacia adelante se va hacia el hombre blanco moderno, todo rubio, apuesto, esbelto y bien peinado. El Neardenthal ya no puede protestar. Ni dar pruebas de sus conocimientos tècnicos. Fue el primer descubridor del fuego y desarrollò intuitivamente la tecnologìa para mantenerlo. No quiso fabricar armas para matar pues lo que encontraba a la mano le bastaba. Pero conociò el girar de las estrellas y los llamados de amor de los animales. Fue el primero en describir los sentimientos màs profundos del ser humano, el primero en dar nombre a la felicidad, al amor y al dolor. Y fue tambièn el primero en sospechar que existìa un màs allà despuès de la muerte; en tener conciencia de la pequeñez humana frente a la maravilla del Universo. Reconociò en sì la religiosidad y la espiritualidad que esa comportaba y se adecuò a la naturaleza como parte integrante y no dominante. Amò a su familia y cuidò de sus hijos, interpretò sus sueños como un paseo por mundos paralelos que le revelaban verdades sobre su existencia. Sintiò y diò nombre a su soledad; tuvo miedos y alegrìas en los cuales pudo encontrar su identidad. Fue el primero en poder decir "aquì estoy, aquì me quedo" y extrañar las ocas cuando emigraban y alegrarse a cada retorno de las cigueñas, justo en la estaciòn en la cual nacìan sus hijos.

Caminaba mirando el suelo, sì. Tal vez buscando el sustento cotidiano, pero tambièn absorto en preguntas a las cuales no encontraba aùn las respuestas adecuadas. Quizàs hayan acertado los doctores con ese aspecto que le dieron, pero cuànta humanidad inocente iluminaba su grande mirada ! Què caricias enormes habrìan dado aquellas manos descomunales ! Cuànto amor habrìa desencadenado en uno de sus abrazos !

14 settembre 2008

La pantera

En la oscuridad de la habitaciòn, la bestial presencia se percibìa a travès de esos desconocidos sentidos que se mantienen despiertos aunque uno estè durmiendo profundamente. Una masa de mùsculos asì de imponentes crea una especie de corriente elèctrica que lo llena todo. Y los temores atàvicos del hombre dormido se liberan de sus ataduras culturales.
La presencia fatìdica se hizo màs fuerte cuando solplò su aliento en mi cara. Un salto y abro los ojos espantados. Apenas puedo ver una masa negra y felina que escapa corriendo desenfrenada por el corredor hacia el sòtano. En un duermevela que no basta para impedir que corra y tome el cuchillo màs grande de la cocina, persigo la pantera, pero en el sòtano no hay nada que indique su presencia y me despierto del todo. Pienso que fue un mal sueño y vuelvo a la cama.

A la noche siguiente, siento otra vez su entrada furtiva en la pieza. Salta sobre la cama sin un ruido y con un gesto casi tierno me apoya una garra sobre la mano. Siento, con el corazòn batiendo a lo loco, la pelusa suave y se me escapa una caricia. Pero tambièn, con un salto, trato de atrapar ese cuerpo bello y lustroso echàndole las cobijas encima y apretando el todo con el cuerpo. Otra vez escapa dejando sus huellas en el corredor. Y otra vez la luz y el frio me despiertan en un sòtano vacìo, ridìculo, en calzoncillos, con un cuchillo grandote en la mano.

Me pregunto por què la pantera huye si me tiene a su merced. No duermo y trato de encontrar algo que me lleve a alguna conclusiòn. Sus ojos se ven tristes y no feroces. Cuando subiò a mi cama, se acostò a mi lado. Creo descubrir asì que la pantera està sufriendo de soledad crònica. No busca la agresiòn sino un poco de ternura. Sabe que produce miedo y posiblemente escapa de la imagen terrorìfica que genera en los hombres. Quizàs quiera provocar un sentimiento de comprensiòn de su soledad y teme no lograrlo. Son suposiciones, por supuesto, pero en mi cama vacìa, con las paredes de la casa donde resuenan todavìa los ecos de mis hijos que partieron lejos, puedo sentir que no estoy muy alejado de la realidad. Algo me induce a pensar que es sòlo un sueño, pero la presencia persiste incluso durante el dìa. Y llego a la conclusiòn de que la pantera tambièn me sueña a mì. Animal nocturno, siente mi presencia en su sueño diurno. Tiene miedo a los hombres porque la han querido mal, pero percibe que estamos hermanados en un sentimiento comùn. Y yo por las noches, y ella por los dìas, no nos atrevemos a tender un puente.

Despuès de una semana de sobresaltos que fueron disminuyendo paulatinamente, llegamos a aceptarnos mutuamente. Ya no me despierto asustado y ella trata de no ser tan intrusa. En mis sueños aparece caminando apaciblemente, como en un segundo plano, y desaparece cuando sueño algo lindo, como no queriendo molestar. Durante el dìa trato de no hacer mucho ruido en la cocina y pongo mùsica de Vivaldi porque sè que la emocionan los violines. No abro las ventanas para que se mantenga calentita y trato de fumar poco para no intoxicarla.

Ahora se acuesta vigilante a mi lado y me calienta los pies. Cuando suena el despertador me lame la cara y se va trotando lentamente. Apenas cae la noche, no sè de donde, nuevamente viene hasta donde estoy trabajando y se recuesta ronroneando. Algunas veces nos miramos profundamente en los ojos y noto una incomprensiòn milenaria. Hasta creo que me sonrìe lànguidamente. Miramos televisiòn juntos como una pareja de viejos amantes hasta que, con el alma cansada, me voy a acostar.

8 settembre 2008

El vendedor de musas


Callado, con una sonrisa beatìfica en los labios, muy cerca de su centenario, muriò los otros dìas el ùltimo vendedor de musas de la Tierra. Decir vendedor es un modo de atribuirle una actividad muy limitada, en realidad tenìa un negocito en un edificio muy antiguo, pulcro y bien aireado, donde vendìa, alquilaba y, fundamentalmente, prestaba las musas que todo ser humano necesita alguna vez en su vida para emprender el vuelo de la creaciòn.
Para ejercer su profesiòn con eficiencia, su celo lo llevaba a bucear en las almas que llegaban hasta èl con las dudas metafìsicas carcomièndoles las existencias. Con paciencia infinita, este viejito venerable, de ralo pelo blanco y lacio, hacìa sentar al mecànico en un silloncito de terciopelo azul y le servìa el tè con limòn mientras, con esa sonrisita de padre que todo lo comprende, indagaba suavemente sobre las ansias de ese poeta alunado ante la imposibilidad de que aquellas manos engrasadas no pudieran escribir las imàgenes celestiales que su mente producìa sin control. Otras veces, casi con sorna, escuchaba los lamentos del artista de prestigio que temblaba de pavura ante el vacìo y el peligro de verse caer del pedestal en el cual lo habìan posado y que era todo el sentido de su vida.
Con sus ojos celestes vivaces, recorrìa entonces sus anaqueles de viejo nogal olorosos de cera y revisaba las cajitas blancas de cartòn prolijamente alineadas y etiquetadas. Cada una guardaba una musa especìfica y ùnica en su gènero: las habìa para pianistas locos, para poetas nostàlgicos, para pintores ultramodernos y para paisajistas romànticos; para bailarinas con piel musical y para las que solamente buscaban el exhibisionismo barato de la televisiòn.
Probadas por miles de experiencias seculares, eran una garantìa segura de eficiencia y cumplimiento. Allì residìan las musas que habìan inspirado a Homero, a Platòn, a Bertrand Russell, a Alan Ladd, a Garcìa Màrquez, a Juan Rulfo, a Pelè y Maradona, al albañil que construyò la Casa de la Cascada y al arquitecto de la piràmide de Keops. Dormìan desde hacìa tiempo las musas de Neruda y de Van Gogh; mientras la de Henri Moore junto a la Irene Papas, tejìan bufanditas para el invierno sentadas en un rincòn bien iluminado, charlando de los cambios irreversibles que se producen en estos tiempos. Las otras, las que inspiraron al Che, a Sandino, a Marx, a Tupac Amaru y a Lautaro, juntas en una caja larga y grande, siempre se encontraban ocupadas en discutir y en armar estrategias a largo plazo para la toma del poder. LLoraban desconsoladas en las noches oscuras de estos dìas porque, si bien estaban en las mentes y en los labios de muchos, nadie requerìa sus servicios.
El vendedor de musas, luego de un exahustivo examen de las causas que agobiaban a sus clientes, ponìa sobre el mostrador la musa que màs se adaptaba a su diagnòstico. El precio era altìsimo para cualquiera; asì, èl las alquilaba por un tiempo prudencial a quien pudiera o tuviera medios para hacerlo; o las prestaba, si decidìa que la humanidad no podìa perder el aporte que ese artista sin dinero le ofrecerìa. Sòlo rechazò un cliente en su vida: fue aquel director de cine que buscaba a toda costa una musa que le diera la inspiraciòn necesaria para realizar el film porno màs taquillero de la temporada. Si bien dudò al principio, por su tendencia natural a satisfacer hasta los màs pequeños deseos de la gente, no podìa traicionar las musas de Fellini, o la de Spielberg, o la de Bergman; fiel a aquel principio que le hizo rechazar la compra de las musas de Hitler, Atila, el Papa Pio XII y la de Reagan y Bush, rehusò, al fin, ayudar al cineasta en apuros.
Se muriò los otros dìas y el evento fue debidamente ignorado por la prensa y no tuvo la mìnima publicidad. Posiblemente porque su desapariciòn coincidiò con las pesquisas infinitas sobre la muerte tràgica de Ladi Di y con la aparición de la enésima virgen debajo de un árbol. Pero la capilla ardiente igual se viò invadida por millares de personas que fueron a rendirle homenaje y a agradecerle por ùltima vez la ayuda recibida, el consejo preciso, la atenciòn prestada, la sonrisa còmplice, el caldo apretòn de manos que dieron sentido a sus vidas.

Los grandes, esos que figuran en los periòdicos, los famosos en fin, no vinieron. Sòlo estuvieron presentes las amas de casa que se inspiraron con su ayuda para crear esa torta de cumpleaños inolvidable para su hijita quinceañera, los poetas de barrio que cantan canciones de amor a las señoritas que pasan frente al taller, las adolescentes que pudieron sacar alguna nota decente a un piano desentonado, los muchachos que llegaron a hacer el gol que hizo delirar a los parroquianos del bar de la esquina, el carpintero que hizo la cuna màs linda del mundo para su hijo recièn nacido, el cura que pudo encontrar la fe yèndose a trabajar en una villa miseria, la cajera de banco que pudo concientizar a miles de personas escribiendo "esto es papel pintado" en el dinero que pasaba por sus manos, e, incluso, la abuela que se convirtiò en el mejor detective del mundo para descubrir el paradero de su nieto secuestrado por la dictadura militar y restituirlo a su identidad y a su historia.

El negocito se transformò inmediatamente en una perfumerìa a la moda y se ve ahora decorado por estanterìas de plàstico rosa con lucecitas que crean una atmòsfera sofisticada. Las musas, diosas de aire, luz y mùsica, huyeron despavoridas apenas los agentes de policia, los abogados, los escribanos, los jueces, los buròcratas de la municipalidad y la vecina chismosa de al lado se pusieron a revisar todo para hacer un inventario legal y el balance final de la vida de un hombrecito que no dejó testamento y que jamàs supo explicarse el por què habìa que llenar tantos formularios y tener tantos nùmeros para poder vivir en armonìa y en paz.

Las musas ahora vagan por los cielos de la ciudad gris y chata, indiferentes a la garùa finita y àcida que les produce dolores en las coyunturas y les opaca la mirada. Algunas veces, en la madrugada frìa, vienen hasta esta ventana iluminada y miran a travès de estos vidrios empañados por el humo de tantos cigarrillos como trato de vencer la melancolìa y como me rompo los sesos delante de una pàgina en blanco o ante un adjetivo que no encuentro. Pero no son las musas adecuadas; puedo con ellas compartir un cafè, un poco de ron, charlar un rato y despuès despedirlas con un hasta luego. La que espero no viene nunca; o està dentro de mì, pero dormida. Què sè yo !

5 settembre 2008

La asistente a la clientela


(Página12-4 de Setiembre de 2008)

La hora de los trenes.
"El cine de Pino Solanas ha ido transitando tanto el documental como la ficción, pero siempre atravesado por la realidad, la política y las vidas de los argentinos libradas a ellas. Sin embargo, tras 2001, el director de La hora de los hornos, Los hijos de Fierro, Sur y El exilio de Gardel se entregó con fruición a filmar un ciclo de documentales sobre los motivos y las consecuencias del derrumbe del país. La próxima estación es la cuarta entrega y disecciona impiadosa y acertadamente el desmantelamiento de esa suerte de estructura ósea de un país como lo es su red ferroviaria. Voces, testigos, víctimas y pueblos enteros desaparecidos pasan frente a cámara, junto con cifras y gráficos, para delatar la invertebrada realidad a la que se condena al interior del país."
Movimiento "Tren para todos": http://www.trenparatodos.com.ar/
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LA ASISTENTE A LA CLIENTELA
En Italia, el ferrocarril empezò su carrera hacia la privatizaciòn. Para contener los costos, hay que reducir personal: miles de personas sobran y hoy, los dirigentes venidos de universidades prestigiosas, no saben cómo hacer. No saben nada de ferrocarriles, no tienen una ètica social y la ùnica verdad que proclaman es la del dios mercado. Pero tambièn, para desmentir a los incrèdulos, crean nuevos puestos para mover al personal sobrante y asi naciò la "asistente a la clientela".
Antes "usuarios" y ahora "clientes", los pasajeros que deben hacer frente al aumento de las tarifas, se ven recompensados con la presencia de una asistente que les explicará el por què de los retrasos y las causas ignotas de los accidentes. Les encontrarà los paraguas y los libros olvidados sobre el tren y dispondrà, algùn dìa, de toda la tecnologìa moderna para resolver el terrible problema de los pasajeros en sillas de ruedas. Confeccionarà cartelitos primorosos que informaràn "a la distinguida clientela" que los trenes de ayer han cambiado horario "por causas de fuerza mayor", sin saber que las locomotoras estàn paradas en los talleres sin personal y sin repuestos.
Ella, con su mejor sonrisa, harà frente al pùblico que viene a reclamar el viaje perdido tratando de explicar la falta de maquinistas, la reducciòn de los tiempos de mantenimiento o las disputas entre dos consorcios que tratan de resolver en los tribunales internacionales si debe pasar primero el tren lujoso francès o los vagones llenos de harina polaca que se encuentran frente a frente dentro de un tunel. (continua)

4 settembre 2008

El contagiador

Se oculta furtivo en la multitud que avanza presurosa hacia la boca del
subterraneo, escapando a esa llovizna otoñal particularmente frìa. No
corresponden sus rasgos a ningùn canon conocido, pero se lo puede sospechar
envuelto en un sobretodo pasado de moda que carga en su pesada trama el olor
de las pastillas de eucaliptus. Envuelve su rostro una colorida bufanda inùtil en esta
època del año y su frente perlada delata su pèrfida compañìa.
Es un enemigo pùblico digno de ser encarcelado o puesto en cuarentena
rigurosa. Pero tambièn es una vìctima de la longitud del mes, obligado a no perder
ni un solo dìa de trabajo. Entre la resignaciòn y el rencor trabaja. Si no puede darle
la culpa a nadie de sus dolores de cabeza, decide democratizar el malestar: mal
de todos, consuelo para ninguno.
No busca un àngulo solitario al viajar, decididamente empuja la masa hacia el
interior del vagòn repleto y dentro, tose un poquito aquì, estornuda
educadamente otro poquito allà. Se corre pidiendo disculpas entre esa gente
que lo rechaza con la mirada, pero sòlo para encontrar otro campo propicio para
sembrar bacilos, gèrmenes, virus y bacterias a màs no poder.
Alcanza la perfecciòn cuando con mirada acuosa acepta el asiento cedido
por esa señora cansada de que le gotee la gripe en la cabeza. Y ahì,
còmodamente sentado, se seca la nariz con el dorso de la mano y luego la
apoya como al descuido sobre la manija del asiento delantero. Cada tanto,
envìa sus dardos envenenados contra la nuca del de adelante y si no se da por
vencido, con varios golpes de tos fuerte, lo obliga a levantarse. Una nueva
vìctima, con fe ciega en su aparato inmunitario, ocupa el lugar vacìo. Y èl
continùa impasible su juego de muerte.
Es, al fin y al cabo, un pobre tipo resentido que no tiene idea de sus potenciales
econòmicos. El rencor no le deja calcular de cuànto se pierde en comisiones si
propusiera sus servicios a las casas farmacèuticas: bastarìa la simple amenaza de
quedarse en casa para obtener enseguida un contrato fabuloso. No se da
cuenta que cuando el ministro de Salud Pùblica asusta por televisiòn con el
fantasma de la epidemia, se està refiriendo a su accionar. Respirando por la
boca, con los ojos llorosos y la cabeza ardiente, èl seguirà insistiendo en su trabajo
gratuito.
Carga otra cruz sobre sus espaldas: la maldiciòn no proferida de miles de seres
que se convierten a su vez, contra su voluntad, en monstruos de ultratumba.
Siguiendo el llamamiento atàvico, ellos, como zombies, tambièn saldràn al dìa
siguiente, blasfemando, moqueando y estornudando, a contagiar a esos
energùmenos que todavìa se dan el lujo de caminar sin pullover entre las hojas
caìdas.

El cantor de las cosas nuestras

Es un amigo de la familia. Bajamos del mismo barco y los chicos lo llaman tìo aunque no nos une ningùn parentesco; como comparte casi todas sus cenas en nuestra mesa desde tiempo inmemorial, conoce cada rincòn de nuestra alma y las sombras que ocultan cada uno de nuestros estados de ànimo.
Se fue acriollando de a poco. Para que no le tomaran el pelo, adquiriò el acento canyengue del porteño, aprendiò a tomar mate y los secretos de preparar un buen asado. En esos barrios de periferìa, al lìmite con la pampa infinita, le fue fàcil en aquellos tiempos encontrar quièn le enseñara los secretos de los caballos y lo invitara a escuchar las melancòlicas notas de una milonga sureña. Tambièn aprendiò a acariciar una guitarra y su voz friulana se acomodò inmediatamente a los arpegios del payador. Parlanchìn impenitente, no tuvo inconvenientes para asimilar la cànones y la mètrica de los versos cantados.
Como todo hombre solo, tenìa coraje de sobra y una buena dosis de inconsciencia; aceptaba, por lo tanto, de buen grado los desafìos de contrapunto, pero su ignorancia de los hechos històricos del nuevo paìs y de los còdigos del gaucho lo convirtieron siempre en un perdedor. Hasta que un dìa, para salir del apriete, comenzò a payar cantando las cosas nuestras.
Al borde de un colapso, mi mujer trajo la noticia a casa. En los boliches de Mataderos, sin conocernos, los peones cantaban sobre las intimidades de mi suegra y las escapadas de mi abuelo. Se hicieron famosas las coplas que contaban nuestros traqueteos nocturnos y los ruidos naturales que provocaban los potajes de ultramar que consumìamos con nostàlgica resignaciòn. No se salvaron ni los chicos; y hasta el pichicho lanudo obtuvo un rinconcito privilegiado en esas crònicas desaforadas.
En asamblea estrepitosa, lo conminamos violentamente a retractar en pùblico lo que habìa ya cantado con èxito y le prohibimos de seguir relatando, frente a fuegos extranjeros, nuestras pequeñas verguenzas personales. El resultado fue desastroso, pues se puso a inventar todo tipo de situaciones que nos hacìan caer, pese a su buena voluntad, en el ridìculo total. Ante la imposibilidad de desmentir lo que ya corrìa de boca en boca, nos resignamos a aceptar estoicamente la nueva imagen adquirida.
Nos damos cuenta ahora que quizàs haya servido para poder integrarnos mejor a esta sociedad donde hemos caìdo sin mucha convicciòn como inmigrantes: la panaderìa de mi abuela cuenta ahora con clientes que vienen desde otros barrios, mi padre recibe encargos de gente recomendada vaya uno a saber por quièn y los chicos se sienten màs respetados en la escuela y no deben pelear màs a la salida con el grandote de turno.
Conozco el motivo de mi ausencia en sus versos lanzados: a todos les asusta el caràcter hosco y mi fama de peleador; trabajo en el centro, en un ambiente hostil adonde no llegan los cantos plebeyos. Pero ahora me siento excluido y envidio un poco esa popularidad que toca a los demàs miembros de la familia. Por eso le pedì las otras noches que incluyera en su repertorio ese infinito sentimiento mìo de desarraigo, de no ser de aquì ni ser de allà, que èl comprende y conoce tan bien.

3 settembre 2008

El sembrador de vientos

Heredò en su juventud un carro multicolor, brillante al sol sus bronces encandilantes. Continuò asì la tradiciòn paterna de salir al alba con su carga de intereses mezquinos hacia el campo ralo donde dejarìa caer, como una llovizna gris, sus semillas de vientos. Junto con el carro, heredò en lìnea directa de su abuelo el prejuicio y el racismo, y aquel caràcter hirsuto de palabrotas e injurias que le permitieron imponerse a los demàs. Su violencia, sus ademanes ostentosos, de espantamoscas fastidiado, le dieron la ventaja ademàs de poder escapar impunemente a la rendiciòn de cuentas. No lo amilanò cometer los màs atroces crìmenes para ampliar sus dominios hasta màs allà del horizonte y absorber todas las aguas de la regiòn.
Màs, màs; èl siempre querìa màs. Sus vientos giraban enloquecidos, amorales, sobre las cabezas de los simples y de los laboriosos, manifestando hoy un temporal, mañana un vendaval. Avanzò asì contra todo y contra todos. Con avidez desaforada arrasò con las leyes conocidas, pisoteò derechos de buenas gentes, humillò a multitudes. En el pescante de su viejo carro se lo veìa, gritando pestes contra el mundo, avasallando praderas como un diablo en pena. Perros de presa, sus vientos le acompañaron la acometida y quien se opuso a las embestidas fue abatido por ràfagas encendidas.
Un dìa, la cosecha de vientos diò a luz un monstruo sin preaviso. Un ogro brillante como mil soles se levantò desde el horizonte y girando como un embudo gigantesco segò todo lo que encontraba a su paso. Doblò como pañuelos los molinos, destechò casas, desalambrò campos y secò rìos. Alzò luego las mareas lejanas como si quisiera llevarse el mar a la altura de los cielos. El sembrador, con placer innatural, como si fuera un director de orquesta, gesticulaba òrdenes inauditas guiando las rutas de la catàstrofe. Un orgullo de dominio le acompañaba la sonrisa triunfal. Con sus vientos prontos para el ataque, sometiò al hambre y al desarraigo y conminò al mundo a rendirle pleitesìa. Decretò luego el fin de los tiempos y la caducidad de los pensamientos. Al fin, se apropiò de todas las palabras para ser el ùnico a justificar su sonido.
En pocos años construyò un imperio de arrogancia. En una catedral sin techo, de impùdicas rocas peladas, para legitimar su poder buscò en vano quièn lo coronara por mandato divino. En una ceremonia solitaria, entre cucarachas y ratones, se proclamò rey de un desierto devastado donde giraban en remolinos polvorientos, fantasmas desesperados.
Pasò años recorriendo el mundo, cargando con fatiga una valija repleta de un dinero inùtil, buscando quièn le construyera un mausoleo que celebrase su poder. Hoy no se sabe dònde se encuentra su tumba. En estas praderas infinitas, sembradas por los resistentes, el trigo se mueve como un mar calmo a la brisa càlida de la mañana y no deja ver nada que no sean las ondas doradas que se transfomaràn en pan. Tal vez haya sentido en ese momento (¿habrà tenido sentimientos ?) la falta de alguien querido que le escribiese un epitafio con palabras afectuosas.
Posiblemente, es lo màs seguro, habrà tenido que cavar con sus propias manos un profundo hoyo y acostarse, solo, a esperar.

El Guardiàn

Buenos Aires, Argentina.- En Retiro, detrás de la estación del San Martín, hay un galpón enorme de aspecto abandonado cuyas chapas oxidadas esconden el Depósito Municipal de las Esperanzas Perdidas. Dentro, un solo guardián acomoda en bolsitas con naftalina las esperanzas que los barrenderos recogen cada día por las calles.
Casi sin darse cuenta, empezó su labor el 26 de Julio de 1952 [fecha de la muerte de Eva Perón] cuando en medio de la multitud inconsolable que hacía cola frente a la CGT, vió esas esperanzas que caían como hojas secas arremolinándose con el viento frío. Recogió unas cuantas y concluyó que era mejor guardarlas para cuando alguien las reclamara.
Fueron pasando los años y cada día siguió encontrando otras esperanzas, navegando como barquitos de papel en las zanjas de las madrugadas. Con una buena cantidad en su casa, se percató que envejeciendo se acentuaban los colores y matices que las diferenciaban. En poco tiempo, las esperanzas banales, como aquellas de poder sacarse la lotería o que Boca gane el próximo partido, se arrugaban y se deshacían en miguitas; otras, como aquellas de curarse de alguna enfermedad, si bien tomaban una coloración marrón oscura, se hacían maleables, elásticas y bastantes resistentes. Por último, las que deseaban un cambio social y político que diera bienestar a todos, si bien se mantenían rígidas y de buen color, comenzaban a emanar un olor rancio que obligaba a encerrarlas en cajitas con lavanda.
Del armario pasó a un cuartito para los cachivaches; luego, ocupó el garaje y cuando éste no dió para más, se resolvió a presentar el problema al Consejo Deliberante. En esos años había sentido decir al ministro de Salud Pública que un cuarto de la población sufría de alguna forma de enfermedad mental e interpretó, haciendo cálculos aproximados, que más o menos correspondía a la cantidad de esperanzas almacenadas. Fundamentó su pedido de crear el Depósito Municipal en el temor de que tanta gente sin esperanzas, cayendo en apatía, pudiera ser causa de la pérdida de la soberanía nacional. Era un tipo de buen corazón y un tanto ingenuo para saber que otros ya se estaban ocupando prolijamente de eso.
Vagamente existía una sospecha de que para algo servirían esas esperanzas que se desprendían y se largaban a planear como una pluma en el aire cálido del verano. Los médicos y los químicos convocados no pudieron dar una explicación plausible, salvo decir que no eran animales ni vegetales, pero que todas tenían el mismo código genético aunque pertenecieran a personas distintas. Tampoco los psicólogos, ni los semiólogos y filósofos consultados llegaron a un veredicto unánime. Sin embargo, todos estaban de acuerdo en que las esperanzas se regeneran y esas, las extraviadas, se podían tranquilamente tirar a la basura.
Sólo él mantenía la posición de que el extravío de una esperanza transformaría una persona y ya no podía ser más la misma, que algo mutaría en su profundo interior. Había visto muchas veces crecer una cicatriz dura en el lugar de donde se había desprendido la esperanza y pensaba que asi se habían formado esas terribles corazas en las personas insensibles. Insistía en que el dar a las personas un lugar dónde ir a recuperar su razón de vivir, esa ancla a la historia y a la vida, produciría un efecto benéfico en toda la sociedad. Remarcaba con ejemplos: no era lo mismo ser un pobre tipo, un abúlico sin ganas, que tener la esperanza de buen tiempo ese domingo para poder gozar el asado al lado de la pileta en la casa del primo. Decía con énfasis que si un enfermo pierde la esperanza, se deja morir. Con la esperanza se pierde también esa fuerza ignota que lleva a luchar por lo que uno cree, desea o considera justo; y lo mismo podía suceder con el país. Si todos sus habitantes dejaran caer sus esperanzas, las banales y las importantes, sobre los adoquines de las calles mojadas para ser pisoteadas impunemente por los autos, se perderían irremediablemente esas fuerzas interiores, potenciales transformadoras de la realidad. Con la creación del Depósito Municipal, en cambio, las personas carentes de esperanza tendrían un lugar dónde ir a recobrarla.
Destinaron el galpón en Retiro y se decretó la recolección diaria a través de los barrenderos públicos y el traslado en un furgoncito especialmente acondicionado para ellas, seres frágiles y sensibles. Sin personal adecuadamente calificado para el nuevo puesto, él fue el único idóneo para ser el guardián, y para organizar y catalogar, como le pareciera mejor, las esperanzas perdidas. Pronto aprendió a clasificarlas en categorías bien definidas y a estudiarles las sutiles variantes.
Fue viendo los cambios históricos a través de las que llegaban a su mesa de clasificación. Hubo épocas en que casi ninguno las perdía y otras en las cuales la abundancia de esa hojarasca gelatinosa dejaba manchas pegajosas en las veredas. Al día siguiente de cada ajuste económico o de cada cambio de ceros en la moneda, la cantidad de esperanzas perdidas aumentaba proporcionalmente a la subida del dólar y poco a poco fue llenando el galpón. En los últimos veinticuatro años hizo su mejor recolección porque, salvo en unos pocos momentos, las esperanzas fueron arrancadas de las personas como si la entera población hubiera sufrido los efectos de un ciclón.
Nunca nadie se presentó a reclamar nada y la Municipalidad hace ya años que se olvidó de pagarle el sueldo. Hoy, el guardián está viejo. Continúa su trabajo con pulcritud y amorosamente sigue envasando las esperanzas perdidas, acomodándolas para su largo sueño en las altas estanterías. Cuando ve en el subterráneo la multitud deformada por tantas cicatrices que parecen un solo callo, siente un gran dolor en su corazón sensible. Entonces se desespera tratando de encontrar tácticas para que no todo se pierda en el país y como un mendicante más comienza a repartir entre los pasajeros tarjetitas que dicen: "La utopía está aquí cerca. Si perdió las esperanzas, venga a buscarla a Retiro".
Alguna buena señora, viendo sus ojos tiernos, le da una moneda como limosna; otros, sin siquiera leerla, dejan la tarjetita sobre sus rodillas indiferentes. Viéndolo desconsolado, un experto vendedor ambulante le explica que las leyes del marketing han cambiado y pese a resultar una competencia en la conquista del mercado, solidariamente le aconseja de regalar una esperanza a quién compre un encendedor por un peso.