4 settembre 2008

El cantor de las cosas nuestras

Es un amigo de la familia. Bajamos del mismo barco y los chicos lo llaman tìo aunque no nos une ningùn parentesco; como comparte casi todas sus cenas en nuestra mesa desde tiempo inmemorial, conoce cada rincòn de nuestra alma y las sombras que ocultan cada uno de nuestros estados de ànimo.
Se fue acriollando de a poco. Para que no le tomaran el pelo, adquiriò el acento canyengue del porteño, aprendiò a tomar mate y los secretos de preparar un buen asado. En esos barrios de periferìa, al lìmite con la pampa infinita, le fue fàcil en aquellos tiempos encontrar quièn le enseñara los secretos de los caballos y lo invitara a escuchar las melancòlicas notas de una milonga sureña. Tambièn aprendiò a acariciar una guitarra y su voz friulana se acomodò inmediatamente a los arpegios del payador. Parlanchìn impenitente, no tuvo inconvenientes para asimilar la cànones y la mètrica de los versos cantados.
Como todo hombre solo, tenìa coraje de sobra y una buena dosis de inconsciencia; aceptaba, por lo tanto, de buen grado los desafìos de contrapunto, pero su ignorancia de los hechos històricos del nuevo paìs y de los còdigos del gaucho lo convirtieron siempre en un perdedor. Hasta que un dìa, para salir del apriete, comenzò a payar cantando las cosas nuestras.
Al borde de un colapso, mi mujer trajo la noticia a casa. En los boliches de Mataderos, sin conocernos, los peones cantaban sobre las intimidades de mi suegra y las escapadas de mi abuelo. Se hicieron famosas las coplas que contaban nuestros traqueteos nocturnos y los ruidos naturales que provocaban los potajes de ultramar que consumìamos con nostàlgica resignaciòn. No se salvaron ni los chicos; y hasta el pichicho lanudo obtuvo un rinconcito privilegiado en esas crònicas desaforadas.
En asamblea estrepitosa, lo conminamos violentamente a retractar en pùblico lo que habìa ya cantado con èxito y le prohibimos de seguir relatando, frente a fuegos extranjeros, nuestras pequeñas verguenzas personales. El resultado fue desastroso, pues se puso a inventar todo tipo de situaciones que nos hacìan caer, pese a su buena voluntad, en el ridìculo total. Ante la imposibilidad de desmentir lo que ya corrìa de boca en boca, nos resignamos a aceptar estoicamente la nueva imagen adquirida.
Nos damos cuenta ahora que quizàs haya servido para poder integrarnos mejor a esta sociedad donde hemos caìdo sin mucha convicciòn como inmigrantes: la panaderìa de mi abuela cuenta ahora con clientes que vienen desde otros barrios, mi padre recibe encargos de gente recomendada vaya uno a saber por quièn y los chicos se sienten màs respetados en la escuela y no deben pelear màs a la salida con el grandote de turno.
Conozco el motivo de mi ausencia en sus versos lanzados: a todos les asusta el caràcter hosco y mi fama de peleador; trabajo en el centro, en un ambiente hostil adonde no llegan los cantos plebeyos. Pero ahora me siento excluido y envidio un poco esa popularidad que toca a los demàs miembros de la familia. Por eso le pedì las otras noches que incluyera en su repertorio ese infinito sentimiento mìo de desarraigo, de no ser de aquì ni ser de allà, que èl comprende y conoce tan bien.

Nessun commento: